El Mundial 2026 sin la Roja Cómo los Hinchas Chilenos Adoptaron Nuevos Favoritos
El Mundial 2026 sin la Roja Cómo los Hinchas Chilenos Adoptaron Nuevos Favoritos
He visto muchos Mundiales. Algunos con Chile adentro, varios sin ella. Pero hay algo en este 2026 que se siente distinto, acaso porque la generación que ganó las Copas América consecutivas todavía está fresca en la memoria colectiva y la distancia entre ese pico y esta ausencia es demasiado corta para no doler. Cuando me puse a buscar cómo los hinchas chilenos adoptaron nuevos favoritos en este Mundial 2026 sin la Roja, encontré historias que no esperaba, contradicciones que no me sorprendieron y una vitalidad futbolística que me costó algo de trabajo admitir que todavía existe.
El mapa de las lealtades prestadas
Hay una geografía particular en cómo los chilenos eligen a quién apoyar cuando la propia selección no está. No es aleatoria, aunque tampoco es completamente predecible si uno se toma el trabajo de mirar más allá de la primera respuesta que la gente da en voz alta. La primera línea es latinoamericana: Argentina y Brasil se llevan la mayor parte de las simpatías declaradas, las que la gente menciona cuando le preguntan en la calle o en un foro.
Eso tiene lógica cultural, lingüística, televisiva. Los jugadores argentinos y brasileños son los más conocidos a través de la liga española, la Champions, los medios sudamericanos en general. La familiaridad construye afinidad casi sin que uno se dé cuenta. No es un proceso consciente; es la acumulación de años de exposición a ciertos nombres y ciertos estilos.
Pero debajo de esa primera capa hay una segunda que resulta más interesante para quien quiera observarla. Un grupo de hinchas chilenos que en Qatar 2022 descubrió a Marruecos, o que siempre tuvo algo especial con Uruguay más allá de la rivalidad, o que creció admirando el fútbol ordenado y sorpresivo de Japón, aparece ahora con lealtades más elaboradas. Menos masivas, pero más consistentes partido a partido.
El momento en que Argentina ya no alcanza
Hay una confesión que escucho con cierta frecuencia y que casi nunca aparece en los medios: muchos chilenos que dijeron hincharle a Argentina terminaron desinteresándose antes de los octavos. No por un motivo dramático ni por ningún resultado adverso. Simplemente porque el lazo era débil desde el principio. Se construyó sobre la emergencia de no tener a quién apoyar, no sobre una historia personal real con el equipo albiceleste.
El resultado es una especie de promiscuidad futbolística que no es necesariamente negativa aunque suene así. El hincha sin selección propia desarrolla una flexibilidad que el hincha con selección nunca tiene porque nunca la necesita. Puede ver el partido de Ghana con la misma atención que el de México, puede conmoverse con el gol de un jugador cuyo apellido no sabe pronunciar bien, puede disfrutar la táctica de un equipo sin que el resultado le quite el sueño. Hay algo liberador en eso, aunque admitirlo se sienta casi traicionero para quien recuerda cómo era ver a Chile en serio.
Los nuevos ídolos del hincha sin bandera propia
Una cosa que este Mundial está haciendo, y que nadie anticipó con demasiada claridad, es fabricar adhesiones individuales donde antes había adhesiones colectivas obligatorias. Cuando no tienes selección, eliges jugadores antes que equipos. Aparece el nombre de un mediocampista de Ecuador en todos los comentarios de un foro chileno durante dos semanas. Un arquero africano se convierte en el favorito espontáneo de un grupo de amigos de Valparaíso. Una delantera de veinte años de un país que nadie nombraba en octubre se transforma en la razón para ver el partido a las doce de la noche sin queja.
Eso es nuevo en su escala, aunque no en su naturaleza. Siempre hubo chilenos que seguían jugadores extranjeros con más pasión que a la propia selección. La diferencia es que ahora esa adhesión individual ya no tiene que competir con la obligación de apoyar a Chile. Queda el campo libre. Y en ese espacio libre, la personalidad futbolística de cada hincha se expresa con más libertad de lo habitual.
La memoria de lo que fue
En algún momento del torneo, casi inevitablemente, aparece el recuerdo. El gol de Alexis en Brasilia. La semifinal de Copa América. El Maracaná pintado de rojo. Esos flashazos no se piden; vienen solos, generalmente cuando hay un partido de alta intensidad que activa algo que estaba dormido. Un corner en el último minuto de un octavo de final que activa en el cuerpo el mismo mecanismo nervioso que activaban los partidos de Chile.
Esa memoria no es paralizante. Es más bien un recordatorio de que el hincha chileno sabe lo que es estar ahí, en serio, en un torneo de esa magnitud. Eso marca una diferencia con quienes nunca lo vivieron. Hay una vara interna, un estándar emocional construido con experiencias reales, que hace que ciertos momentos de este Mundial conecten con algo que el hincha conoce de primera mano.
El peligro es el contrario: la nostalgia que se vuelve resentimiento sistemático. El hincha que no puede disfrutar ningún partido porque nada iguala lo que fue. Eso existe y es comprensible como reacción humana. También es, a mediano plazo, una forma de perderse lo que hay disponible ahora mismo.
Por qué los nuevos favoritos son más honestos que los declarados
Hay algo que me parece genuinamente más auténtico en el hincha que dice “me enganchó Marruecos porque vi sus primeros tres partidos y me pareció un equipo impresionante tácticamente” que en el que dice “hincho por Argentina porque soy sudamericano y toca”. El primero construyó un vínculo real aunque reciente. El segundo repite un cliché que no siempre se corresponde con una experiencia concreta ni con conocimiento real del equipo al que dice apoyar.
Los hinchas chilenos que encontraron equipos genuinamente nuevos en este Mundial, por su estilo de juego, por un jugador que los capturó en el primer partido o por una historia que conocieron antes del torneo, son los que están viviendo el torneo con más intensidad efectiva. Los que adoptaron un equipo “de oficio” o “porque toca” son los que probablemente van a recordar este 2026 como el Mundial que no tenían nada que ver.
Un torneo que enseña lo que Chile todavía no tiene
Llevo décadas escribiendo sobre fútbol y puedo decir con cierta claridad que hay algo pedagógico en ver el fútbol de alta competencia sin la distorsión del amor propio nacional. Los equipos que llegaron a este Mundial 2026 llegaron porque resolvieron algo que su fútbol tenía pendiente. Cada uno a su manera: con inversión en formación, con sistema táctico sostenido en el tiempo, con jugadores formados en ligas competitivas, con hambre específica que se traduce en resultados en los momentos que importan.
Ver eso en detalle, partido a partido, es entender qué exige el fútbol moderno y calibrar honestamente dónde está Chile en ese mapa. Sin la urgencia de un resultado propio, esa calibración es más fría y por eso más precisa. Más difícil de evitar.
El hincha que sale de este Mundial habiendo adoptado un nuevo favorito real, habiendo visto fútbol de culturas que antes no observaba, habiendo entendido algo sobre sistemas de juego que antes pasaban desapercibidos, sale con algo. No lo mismo que ganaría si Chile estuviera. Pero algo real, construido sobre partidos reales, sobre momentos que no se fabrican.
Eso, al final, es lo que los hinchas chilenos están descubriendo en este 2026 sin la Roja: que el fútbol es más grande que una selección, aunque ninguna selección les importe ni remotamente tanto como la propia. La Roja volverá, en algún ciclo, con alguna generación que todavía no sabemos quién encabeza. Mientras tanto, hay un torneo con cuarenta y ocho equipos y partidos que merecen atención. Eso también es parte de ser hincha, aunque no sea la parte que uno eligió.



